miércoles, 21 de diciembre de 2011

Y así comenzó mi día...

Estaba yo yendo a trabajar como cada mañana. Adormilado por las malas noches que no parecen terminarse y las escasas horas de sueño me acercaba cada vez más al puente mientras pensaba que no hace mucho frío para estar ya en diciembre.

El cielo encapotado, el aire que parecía tan pesado que ni el viento podía correr en libertad pero no tan pesado como mis párpados.

«¡Socorro!»

¿Me ha jugado mi imaginación una mala pasada? ¿Acaso me he quedado dormido de pie y empecé a soñar esto que me ha sobresaltado? Pero entonces los oí. Gemidos de miedo ahogados por la distancia, por el correr del río que aún no había cruzado, amortiguados por un aire indolente e inmóvil.

De nuevo, muy bajito, una llamada de auxilio.

¿Es que nadie más lo oye? ¿Por qué las escasas personas que pasan por aquí continúan como si nada, sin cambiarles siquiera la expresión de la cara?

Tras los pocos segundos en los que todo esto llegó a mis oídos mi paso se aceleró. En mi mente un objetivo: encontrar y destruir; y ese objetivo estaba claramente tras el puente que ya cruzaba enérgicamente. La furia en mis manos. En mi mente pasaban velozmente los lugares en los que los golpes serían más efectivos, dolorosos, algunos letales. La aguda voz, que parecía extinguirse por momentos, me apremiaba.

Nada más poner un pie en la otra margen del río lo vi: ¡un maldito columpio con unas crías haciendo el tonto! Un columpio grande donde había varios proyectos de persona subidos a la vez balanceándose cada vez más rápido, más alto... y una de ellas asustada.

Mi objetivo: encontrar y destruir. Me planteé seriamente el cumplirlo.

Moraleja: no le hagáis mucho caso a vuestros sentidos antes de haberos tomado el primer café del día... o lo que sea que hagáis para espabilaros.